viernes, 13 de junio de 2008

Capítulo 2: Completos Extraños (Parte 2)

Sí, había continuado derramando sangre en dos años posteriores a la muerte de mi hermanito. No solía hacerlo de forma compulsiva. Elegía los momentos con cuidado, a veces con una semana de anticipación, y, si mi vida era tranquila, no solía cortarme más de tres veces al mes. Cuando llegaba el día señalado para automutilarme, solía prender la ducha muy caliente, y entrar, navaja en mano. Solía hacerme apenas un corte, lo suficiente para que las primeras gotas calleran. Pero una vez que comenzaba, no podía parar. Solía dejar que el agua se llevara las primeras gotas antes de profundizar el corte. Con la sangre se iba toda la presión, sentía que me purificaba por dentro. Aunque también sentía culpa, mucha culpa. Aunque no lo parecía, le tenía terror a la muerte, a pasarme de mano y pasar al otro lado. Hubo una vez en la que estuve a punto de desmayarme, a causa de mi pérdida de sangre y el calor de la ducha, pero resistí, y me lastimé aún más haciéndome las puntadas, ya que tenía la vista algo nublada. Pero, si me detenía, me haría daño, mucho daño. Era una adicción muy curiosa.

NOTA DE LA AUTORA: Gracias por tu comentario, Aqua Girl. Si deseas, agregame vir_c2@hotmail.com Gracias por leer mi historia... Ahora estoy algo bloqueada, y quiero esperar para continuar la historia como es debido. Este párrafo es para ti.

sábado, 7 de junio de 2008

Capítulo 2: Completos Extraños (Parte 1)

- Vamos, Violeta, anímate. - Dijo Melissa, desde el pupitre de adelante. - No se cumplen quince años todos los días.
- Supongo que sí. - Dije con voz seca, sin sonreír.
- No te pongas así. ¡Como si envejecer fuera una cosa tan mala! - Dijo Melissa con la sonrisa más falsa del día.
- Envejecer no es lo malo. Lo malo es que haya terminado conmigo. - Repetí por enésima vez. No sabía lo que le pasaba hoy a Melissa, pero estaba con un humor especialmente compasivo, y eso era realmente irritante. Casi empezaba a extrañar que me lanzara indirectas.
- Ustedes dos viven peleando y aún así vuelven. Si van a terminar, por lo menos esperen a discutir por algo más serio. - Eso estaba mucho mejor, mucho más... "Melissa". Aunque les parezca extraño, ella era mi mejor amiga. Aunque no sé si le iba bien la etiqueta de "amiga", porque siempre estaba tratando de sabotearme. Aunque yo no era del todo inocente, también trataba de arruinarla. Pero debíamos ser amigas. Éramos las dos chicas más exitosas de tercero de secundaria.
El tiempo no se había llevado la belleza de Melissa, sino que la había acrecentado y modelado. La chica que tenía en frente mío perfectamente podría estar caminando por una pasarela francesa. Era alta, medía casi 1,80. Su piel había pasado de ser blanca como la porcelana a ser más sonrosada y suave, pero seguía tan inmaculada como siempre. Su cabello había cambiado de forma, ahora lucía unas ondas frescas y seductoras de un rubio más dorado. Sus ojos de color azul marino se habían agrandado, eran muy similares a un ala, con esa forma tan curiosa y esas pestañas como plumas. Su boca estaba siempre roja, incluso aunque no se la pintara, y tenía un físico increíble, a fuerza de su eterna dieta y sus clases de danzas.
Yo contrastaba mucho con ella. Mi cabello era de color castaño rojizo, y no se podía definir si era liso u ondulado, dependía de la humedad. Mi tez iba perdiendo colores, cada vez parecía más de papel que de porcelana. Mis ojos siempre habían sido de un extraño granate amarronado, siempre pequeños y con pocas pestañas. Era más bien delgada, debido a mis constantes incursiones al tercer cajón de la derecha, donde reposaba mi cuchilla favorita.

viernes, 6 de junio de 2008

Capítulo 1: Tiempos Difíciles (Parte 2)

Era uno de esos momentos en que la vida decidía hacerme una jugarreta, y de las malas. El teléfono sonaba en una esquina, la lluvia azotaba las paredes y me encontraba en uno de esos momentos en los que me daban ganas de llorar, llorar enserio.
¿Por qué había tenido que terminar conmigo? Es cierto que no le prestaba mucha atención últimamente, pero tenía su justificativo. Él era lo único a lo que me aferraba esos días, la visión de su rostro en mi cabeza era lo único que me motivaba a levantarme cada mañana, incluso sin esperanzas de verlo.
Por naturaleza era una persona enamoradiza. Y también tenía cierto encanto con los chicos, para qué negarlo. Cada tanto tenía un novio nuevo, pero ninguno había ido tan enserio como él, Nahuel. Desde el primer momento en el que lo vi, reflejado en el espejo del ascensor, me gustó, y mucho. Con el tiempo supe que él era el mejor amigo de mi vecino. Realmente nos gustamos. Llevábamos tres meses saliendo cuando el tumor de Brian empeoró, y tuve que sacrificar mis salidas con él para quedarme a cuidar a mi hermanito. Al principio, Nahuel entendió, incluso se pasaba algunos días y me ayudaba con el pequeño. Pero con el tiempo, empezó a mostrarse más taciturno. Ya ni me llamaba, lo veía sólo ocasionalmente en el ascensor, junto a mi vecino, con una expresión seria tan intimidante que apenas me atrevía a saludarlo.
Tenía que haberlo visto venir. Acababa de cortarle el teléfono.
- Violeta... Violeta... - La débil voz de Brian me llamaba. Ya se me estaba haciendo muy silencioso. Me limpié las lágrimas con las mangas y traté de pintar en mi rostro mi mejor sonrisa. Él jamás debía verme triste. Si su último día realmente estaba cerca, teníamos que hacer de estos momentos felices y tranquilos, para que muriera lo más pacíficamente que el dolor y la debilidad le permitieran.
Entré al cuarto de mi hermanito, y encontré dentro de la cama su escuálido cuerpito. Había perdido mucho peso los últimos días. Sus bucles yacían revueltos y descuidados, apenas se mantenía sentado en su cama. Sus grandes ojos negros expresaban sólo una cosa: Miedo. Tan sólo ver sus ojos alcanzó para que corriera y lo abrazara.
- Violeta... Tengo miedo... - Dijo desde mis brazos, con una voz afónica a la que nos habíamos acostumbrado.
- No te preocupes, Brian... Mamá y yo te amamos, te amamos más que nada en el mundo. Yo estaré contigo, te lo prometo... te lo prometo. - Le dije, conteniendo las lágrimas. No sé por qué, pero ya me anticipaba a lo que iba a venir.
- ¿Y mamá también? - Preguntó.
- Mamá también. - Le aseguré.
- Gracias. Por todo. Las amo. A las dos. - Éstas fueron sus últimas palabras. Murió sobre mis brazos. Lloré, por fin agradeciendo poder limpiar mi corazón.
...
Cerré la tumba lo más suavemente que pude, con el desagradable pensamiento de que Brian jamás saldría de ella.
"Descansa en paz, hermanito", pensé. Al ver a mi mamá con la cara oculta en un pañuelo, comenzó a asaltarme la culpa. Le había prometido a Brian que estaría siempre con él, pero no había estado a su lado unos momentos antes de que llorara. En esos instantes, sólo había tenido pensamientos egoístas: Atender el teléfono, observar la deprimente lluvia, recordar mi última conversación con Nahuel.
Tal vez, si le hubiese prestado más atención, Brian hubiese vivido. Si no me hubiese ido de su lado, se hubiera sentido más querido y protegido...
Tal vez si...
No, tenía que dejar de pensar en posibilidades, Brian estaba muerto, y no había nada que pudiera hacer al respecto. Me alejé de ese lugar, no soportaba ya esa ceremonia tan triste... Nadie me impidió que abandonara el cementerio.
Hice el largo camino a casa como hipnotizada. Un plan se maquinaba en mi mente, el más loco que se me podía ocurrir. Pero simplemente actuaba como posesa.
Corrí a la cocina, abrí el cajón y extraje un pequeño cuchillo, haciéndolo todo como una autómata. No merecía vivir. Era demasiado egoísta, demasiado falsa. Comencé a cortarme metódicamente la parte de atrás de la mano, como si fuera un proceso que necesitaba mucha exactitud. Comencé a sentir dolor, pero rápidamente pasó al segundo plano. La sangre me salía de la herida abierta, roja y pura, relajante y mortífera. La dejé correr.
Una parte de mí (ésa que me iluminaba cuando ya no había más esperanzas) me dijo que de nada serviría matarme, igual que nadie ganaba nada si yo dejaba de asistir al colegio. Mi mamá se quedaría sola, sola en este mundo. Tal vez tendría que esperar a que mi madre encontrara a alguien que la consolara para llevar a cabo mi objetivo.
Hice el cuchillo un lado y apreté la herida durante un par de minutos, para que no sangrara tanto. Me dirigí al baño lo más indiferente que pude al punzante dolor y a la debilidad, debido a mi pérdida de sangre. Me lavé la herida a fondo, y me aseguré de que el agua se llevara hasta el último rastro de sangre que había quedado en el baño. Luego, tomé el botiquín, cerré la tapa del sanitario y me senté sobre ella. Abrí la pequeña maleta blanca con la mano sana y revolví un poco hasta encontrar aguja e hilo. Comencé a cerrarme la herida como si lo hubiese hecho toda mi vida, aunque era la primera vez que empuñaba aguja e hilo. Siempre había tenido buena intuición en Biología y Medicina.
Una vez que el trabajo estuvo listo, retiré los restos de sangre con un algodón con alcohol. Acomodé cada componente del botiquín en su respectivo estuche, cerrándolo firmemente, para que no se notara que alguien lo había abierto, y guardé el botiquín en su lugar. Junté mi basura y la envolví con papel higiénico antes de desecharla, por si a mamá se le ocurría mirar el tacho. Luego, me dirigí a la cocina y limpié cuidadosamente el cuchillo.
Cuando corría la sangre, sentía que me libraba de una enorme carga.
No sería la última vez que visitaba el cajón de los cuchillos.

jueves, 5 de junio de 2008

Capítulo 1: Tiempos Difíciles (Parte 1)

Antes de que comience a relatar el comienzo de esta historia, de este amor que salvó mi verdadero ser, será mejor que retroceda unos años, a un momento realmente difícil de mi vida que me marcó en los años venideros.
Sucedió cuando tenía doce años. Lo que sucedió no sucedió de repente, tampoco comenzó en el momento que estoy relatando, sino que terminó. Terminó esa tarde gris, sin traer sorpresas, pero sí mucho dolor.
Algo estaba mal cuando el pequeño Brian, mi hermanito, vio el mundo por primera vez. Aunque en ese momenteo nadie lo notó, porque tanto a mis padres como a mí nos embargaba una enceguecedora felicidad. Él sería el último consuelo para el matrimonio de mis padres, la última esperanza a la que se aferró mi madre.
Cuando Brian tenía tres años, el doctor le detectó un tumor en su cabecita. Ahí comenzamos a sentir cómo nuestra vida empezaba a caerse a pedazos. Primero, nuestro padre nos abandonó sin previo aviso, y nos quedamos sin dinero con el que tratar al pequeño. Nos dedicamos entonces a la tarea de atenderlo, o más bien verlo morir poco a poco. De ser por mí, habría faltado todos los días que hicieran falta al colegio, pero mi madre me insistió en que nadie ganaría nada si acababa repitiendo el año. Así que asistí, no del todo contenta, no sólo por la monotonía de las clases y mi deseo de ayudar, sino también por el interminable papel que me veía obligada a interpretar ante la aguda mirada de mis compañeros de clase.
Me había convertido, con el paso de los años, en la chica que siempre quise ser. Coqueta, pícara, astuta, siempre aparentaba ser fuerte ante todos mis compañeros, y aparentaba tener todo lo que quería a fuerza de trabajar por ello. A pesar de que sabía que o jugaba el juego o me entregaba a una vida en la que era rechazada permanentemente, una parte de mí siempre buscaba algo diferente: Quería revolcarme en el lodo, quería levantar la mano en temas que muchos consideraban tontos y expresar una opinión, quería ser, y no actuar.
Pero este "no-ser" en el que me había convertido se vio con el rimmel corrido y la capa de maquillaje improlija con la muerte de su hermanito Brian. Su hermanito, un reflejo de esperanza, de cariño, de lo que habría podido ser, se había ido. El único milagro de mi vida ya no estaba. Veía a mi madre derrumbada sobre la tumba del pequeño, todos ya empezábamos a extrañar sus sonrisas, contemplando ansiosos la mueca seca de su rostro... La mueca que estaría en esa angelical carita por siempre.
Supongo que debería contarles la causa de la muerte de mi hermano para que entiendan mejor cómo empezó la verdadera ruina de mi vida.

Prefacio

Algo dentro de mí sabía que era especial. Incluso cuando todo parecía derrumbarse, ese algo me mantenía viva, me guiaba en los peores momentos. Y lo mejor de todo es que siempre estaba allí. Si lo buscaba, siempre lo encontraba, tal vez en mi sangre, tal vez en mis huesos, tal vez en mi alma.
Tardé mucho en darme cuenta de que ese algo era yo misma. Yo, única, irrepetible, siempre tratando de emerger a la superficie y quitarme ésa máscara que por tantos años me había servido de escudo. Ese algo sería lo único capaz de sacarme del eterno papel que interpretaba. Porque lo cierto es que ese algo lo había creado Dios. Y las creaciones divinas son siempre muy superiores a las imagenes y las palabras que crea la mente humana.
Mi condena me la impuse yo misma. Todo comenzó cuando tenía cinco años. Entonces, era una pequeña solitaria, siempre de pocas palabras, siempre aislada de cualquier conversación poco profunda. En mi clase había una chiquilla que se llamaba Melissa. Parecía una muñeca de porcelana, con esa piel tan blanca e inmaculada, esos grandes ojos azules y esos bucles rubios, que se asemejaban a la espuma de mar. Saltaba a la vista. Pero parecía que para ella eso nunca era suficiente, porque siempre estaba buscando más. Por eso, disfrutaba de molestar a los demás y denigrarte de formas demasiado astutas para una mente infante, porque en el fondo sólo buscaba la aprobación de todos nosotros.
Era un día de primavera en el que no estaba de mejor humor. Estaba sentada a un lado, en el patio, dibujando figuras en la arena, contemplando los inmaculados guardapolvos de mis compañeras mientras lo contrastaba con el mío, completamente cubierto de manchas de témpera. Ése día, mis padres se habían gritado. Por primera vez. Ellos eran para mí, en ese entonces, seres perfectos. Verlos pelearse así me producía una gran decepción. ¿Decepción de qué? No lo sabía muy bien. Era una niña, por más profundos que fuesen mis pensamientos. Ese día más que nunca echaba de menos una amiga.
- Apártate. - Era Melissa, que se me había acercado, seguida por otro grupo de niñas. Siempre estaba acostumbrada a conseguir todo lo que deseaba. Hasta entonces, su carisma me había cautivado, y jamás había encontrado una razón para no complacerla. Pero ese día me di cuenta que era una pequeña caprichosa, arrogante y mandona.
- Yo estaba aquí primero. - Dije poniéndome de pie, imponiendo respeto. Melissa se limitó a mirarme con una sonrisa maliciosa: Una gran y asquerosa araña subía por mi pierna izquierda. Grité y comencé a dar saltitos. La araña se desprendió, pero, debido a mi torpeza, me estampé contra la arena.
- ¡Violeta, gusano de tierra! No, creo que no eres ni gusano. Incluso ellos juegan con nosotras de vez en cuando... - Se burló Melissa. De pronto, todos los niños dejaron de jugar. Empezaron a apuntarme con el dedo, y a reírse a carcajadas y burlarse por lo alto. Sabía lo que me aguardaba. Antes de que pudiera impedirlo, corrí del lugar lo más rápido que pude.
Sabía lo que esa burla iba a costarme. Jamás dejarían de burlarse por todo el año. Tenía que cambiar. Tenía que ser como las otras niñas... Podía actuar como yo quisiera, siempre que eso significara ser querida.
Corrí mientras el viento se llevaba a la Violeta que habría podido ser.