jueves, 5 de junio de 2008

Prefacio

Algo dentro de mí sabía que era especial. Incluso cuando todo parecía derrumbarse, ese algo me mantenía viva, me guiaba en los peores momentos. Y lo mejor de todo es que siempre estaba allí. Si lo buscaba, siempre lo encontraba, tal vez en mi sangre, tal vez en mis huesos, tal vez en mi alma.
Tardé mucho en darme cuenta de que ese algo era yo misma. Yo, única, irrepetible, siempre tratando de emerger a la superficie y quitarme ésa máscara que por tantos años me había servido de escudo. Ese algo sería lo único capaz de sacarme del eterno papel que interpretaba. Porque lo cierto es que ese algo lo había creado Dios. Y las creaciones divinas son siempre muy superiores a las imagenes y las palabras que crea la mente humana.
Mi condena me la impuse yo misma. Todo comenzó cuando tenía cinco años. Entonces, era una pequeña solitaria, siempre de pocas palabras, siempre aislada de cualquier conversación poco profunda. En mi clase había una chiquilla que se llamaba Melissa. Parecía una muñeca de porcelana, con esa piel tan blanca e inmaculada, esos grandes ojos azules y esos bucles rubios, que se asemejaban a la espuma de mar. Saltaba a la vista. Pero parecía que para ella eso nunca era suficiente, porque siempre estaba buscando más. Por eso, disfrutaba de molestar a los demás y denigrarte de formas demasiado astutas para una mente infante, porque en el fondo sólo buscaba la aprobación de todos nosotros.
Era un día de primavera en el que no estaba de mejor humor. Estaba sentada a un lado, en el patio, dibujando figuras en la arena, contemplando los inmaculados guardapolvos de mis compañeras mientras lo contrastaba con el mío, completamente cubierto de manchas de témpera. Ése día, mis padres se habían gritado. Por primera vez. Ellos eran para mí, en ese entonces, seres perfectos. Verlos pelearse así me producía una gran decepción. ¿Decepción de qué? No lo sabía muy bien. Era una niña, por más profundos que fuesen mis pensamientos. Ese día más que nunca echaba de menos una amiga.
- Apártate. - Era Melissa, que se me había acercado, seguida por otro grupo de niñas. Siempre estaba acostumbrada a conseguir todo lo que deseaba. Hasta entonces, su carisma me había cautivado, y jamás había encontrado una razón para no complacerla. Pero ese día me di cuenta que era una pequeña caprichosa, arrogante y mandona.
- Yo estaba aquí primero. - Dije poniéndome de pie, imponiendo respeto. Melissa se limitó a mirarme con una sonrisa maliciosa: Una gran y asquerosa araña subía por mi pierna izquierda. Grité y comencé a dar saltitos. La araña se desprendió, pero, debido a mi torpeza, me estampé contra la arena.
- ¡Violeta, gusano de tierra! No, creo que no eres ni gusano. Incluso ellos juegan con nosotras de vez en cuando... - Se burló Melissa. De pronto, todos los niños dejaron de jugar. Empezaron a apuntarme con el dedo, y a reírse a carcajadas y burlarse por lo alto. Sabía lo que me aguardaba. Antes de que pudiera impedirlo, corrí del lugar lo más rápido que pude.
Sabía lo que esa burla iba a costarme. Jamás dejarían de burlarse por todo el año. Tenía que cambiar. Tenía que ser como las otras niñas... Podía actuar como yo quisiera, siempre que eso significara ser querida.
Corrí mientras el viento se llevaba a la Violeta que habría podido ser.

1 comentario:

Rosalie Cullen dijo...

Lo voy a leer todo :D
me gusta como escribis :)